No acaparen, por favor


 
 

El primer día en el que se aplicaron los 20 céntimos de descuento en las gasolinas, que fue el viernes pasado, se formaron largas colas en las estaciones de servicio en las que la gente llegaba a esperar media hora para ahorrar unos eurillos al llenar el depósito. Esto no es nuevo, hace bastantes años la gasolina no solo se pagaba en pesetas sino que tenía el precio regulado, así que cuando se anunciaba que iba a subir también se formaban aglomeraciones para ahorrar unas pesetillas, se ve que no hemos cambiado tanto. Esto ocasionó el colapso de los sistemas informáticos de algunas petroleras y de la web de la Agencia Tributaria en la que todos los gasolineros intentaban entrar para solicitar el crédito que financia esos descuentos.

El gobierno está preocupado con lo sucedido en plena huelga de los camioneros en la que se produjeron desabastecimientos de determinados productos en algunas tiendas, por lo que ha decidido permitir que limiten las ventas según vean en cada caso. La cosa está clara, somos muchos y si nos da por acaparar lo que sea pues no hay para todo. El papel higiénico, el aceite de girasol, la leche, la harina, los huevos, cualquier cosa es capaz de despertar la adicción compulsiva de los consumidores, sobre todo cuando se corre la voz por las redes y los medios de que algo escasea. Lo siguiente es mostrar en los telediarios los lineales vacíos (los llenos no) para que la sociedad de consumo sienta como se hunden sus cimientos. No importa el precio, llevarse lo que queda será irresistible para cualquier consumidor preocupado.

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Esta medida de limitar las compras ha recordado a los más viejos del lugar la época de la posguerra en la que se racionaban muchos artículos de primera necesidad mediante unas cartillas que indicaban las cantidades permitidas y en las que se reflejaban con un sello las compras, para que no se acaparase. Entonces no solo había escasez sino que la pobreza estaba tan generalizada que mucha gente no solo no podía acaparar nada sino que ni siquiera podía comprar lo que le correspondía, lo cual, como España es un país donde la picaresca está en todas partes y ocasiones, dio lugar al estraperlo, palabra que a los más jóvenes no les va a sonar de nada, pero que consistía en trapichear con ese derecho a comprar, entre otras cosas.

En cualquier caso, acaparamientos, estraperlos y escaseces aparte, el pasado mes de marzo ha sido, sin ninguna duda, uno de los mejores para la mayoría de los supermercados españoles, que además de vender lo que tenían por el almacén y que no vendían ni a tiros, lo han hecho a precios que ni los más imaginativos podían soñar. Botellas de aceite de girasol a precios de oliva virgen, paquetes de harina a precio de panes de masa madre, patatas a precio de estrella michelín, macarrones que se vendían como si fuesen caviar, y así con todos los productos, los escasos y los no escasos.

El corralito bancario es el paradigma del desastre de una economía, es lo que intenta hacer occidente a Rusia imponiendo sanciones nunca vistas, porque no hay nada peor para cualquier gobierno, incluidas las dictaduras, que uno vaya a sacar pasta del banco y se encuentre la puerta cerrada. Quizá por eso Sánchez se pone la venda antes de la herida y permite que las tiendas monten pequeños corralitos con las cosas de comer y beber, para ver la reacción de los compradores cuando la cajera les diga que tienen que dejar esos quinientos huevos que han comprado porque solo se pueden llevar una docena y para que nos vayamos acostumbrando a las vacas flacas que se vislumbran en el horizonte.

Por cierto, esperemos que no cunda la idea de subvencionar los productos que se han puesto por las nubes, como se está haciendo con las gasolinas, porque eso de ayudar con nuestros impuestos a que llenen el depósito los que se van de finde o de vacaciones en Semana Santa a mi no me parece de recibo.

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