¿Hay que ponerlo tan difícil?


 
 

Básicamente hay dos maneras de hacer las cosas, una fácil y otra difícil. Dependiendo del interés que cada uno tenga en llegar a buen puerto elegirá una de las dos. El gobierno siempre elige la vía más complicada cuando se trata de favorecer a la gente y la más sencilla cuando se trata de obligar. Es así y siempre ha sido así.

En el paquete de medidas aprobado para intentar controlar la subida de los precios, el gobierno ha decidido rebajar el precio de los combustibles 20 céntimos el litro. Esto parece que es algo sencillo y que se entiende a la primera, pero a la hora de trasladarlo a la realidad se vuelve a elegir la vía difícil, muy difícil. Sería sencillo rebajar el impuesto que se paga por los hidrocarburos, que es una cantidad fija que está entre los 37 céntimos del gasoil y los 47 de la gasolina por cada litro que echamos en el depósito, pero eso supondría que nadie se volvería loco como está ocurriendo ahora, así es que mejor optar por lo complejo.

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Las gasolineras han tenido dos días escasos para adaptar sus sistemas de forma que el ticket refleje el importe del combustible según los precios que aparecen en sus carteles (tótems, se llaman) y el correspondiente descuento de 20 cts. el litro. A partir de ahí, el gasolinero tiene que introducir las ventas en una web de la Agencia Tributaria y cuando toque le pagarán esos descuentos que ha anticipado. Como las gasolineras pequeñas no tienen mucho margen de beneficio para financiarse hasta que Hacienda les devuelva el dinero, el gobierno pone en marcha un sistema de crédito que puede solicitarse para cubrir el desfase, aunque algunas estaciones de servicio han preferido subir el precio y compensarlo ya de salida, lo cual no es muy legal pero es muy práctico. Se podría complicar más el descuento de los 20 céntimos, pero hay que reconocer que sería difícil y requeriría de mucha imaginación.

Sin entrar en el fondo de estas medidas, no es de extrañar que cada vez que el gobierno pone en marcha ayudas para paliar cualquier cosa, la mitad del dinero de las que se dotan se quede sin entregar. El Ingreso Mínimo Vital, que estos días vuelve a estar en la palestra por el encarecimiento de la vida, se ha rediseñado ya varias veces y aun así no ha llegado ni a la mitad de las personas que el gobierno había previsto. Lo mismo ha ocurrido con las ayudas por la pandemia y con otras subvenciones por diversos desastres, que solo han llegado a los héroes de la burocracia que son capaces de moverse por las procelosas páginas web de las administraciones hasta dar con el quid de la cuestión y lograr cobrarlas. Eso o pagar a un gestor que las tramite y rogar porque lo haga bien, porque ni siquiera los profesionales de las ventanillas públicas tienen claro muchas veces por donde tirar.

Dar subvenciones o ayudas no solo es lanzar unos titulares de prensa y poner un dinero en un boletín oficial, sino facilitar el acceso de la gente corriente sin que los trámites acaben por hacer inútiles las ayudas. Se ha hablado mucho estos días de los pobres abueletes a los que los bancos, la sanidad, la administración y casi todo, dejan tirados porque la digitalización de la vida los margina y abandona, pero hay muchos otros casos en los que parece que las administraciones se empeñan en hacerlo todo tan complicado porque en el fondo no tienen el mínimo interés en que las cosas funcionen.

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